Maxorata
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Maxorata
Mi abuela María nació en el caserío de Lajares en la isla de Maxorata en el año de 1885. Entonces y ahora, Maxorata era un desierto, una tripa reseca y cuarteada donde miles de cabras vivían ramoneando el aire. Mi abuela era una cabra. Iba sola a todos los sitios, sin tener que ver con nadie y también se alimentaba del aire. Según y cómo, la llamaban María, Mariquilla, Doña María o Maruca y ella, según y cómo, respondía. Clasificaba a los hombres en tres grandes categorías, a saber: Devasos, los que no hacían nada por perezosos en grado superlativo. O sea, eran unos grandísimos gandules. Jadarios, holgazanes de grado medio. Tipos enclenques y pusilánimes que no tenían la determinación de los devasos para ser unos vagos integrales. Y, finalmente, los merdellones, faltos de aseo personal, a los que también llamaba gediondos. La mayoría de los gediondos eran haraganes de consideración. Hablaba de ellos con la suficiencia de una sufragista y cuando pasaba por delante de alguno, miraba hacia otra parte, y se ponía a resongar del coraje que le daban. Tenía una RCA-Victor, para escuchar los seriales y las novelas que ella llamaba “la radio galena”, pero no era una radio galena, sino una radio de lámparas a la que propinaba constantes guantazos para que se le quitara las tos. Entonces decía: se están callados todos, que va a empezar la radio-novela, así que ni mu. Y se callaba todo el mundo.
Juan Yanes
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Escultura en madera del busto de una cabra. Morro Jable, Jandía, Fuerteventura.
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Que bella escultura.
Tu abuela se nota con carácter. El problema aquí es que uno no sabe si de verdad era así o te la inventaste.
Saludos afectuosos.
RRS
Era así. Independiente, muy cariñosa con los nietos, corajuda y burlona y sabia. Tuvo 10 o 12 hijos (hoy eso no sería de sabios, pero entonces sí). Era muy morena y con el pelo totalmente blanco. Inventaba palabras o sacaba palabras antiguas y ponía nombretes a la gente que le caía mal. Afeitaba a mi abuelo en el patio con una navaja barbera que daba miedo y la afilaba con un cinto de cuero que enganchaba en una alcayata… Me recuerda personajes de algunos cuentos de Juan Rulfo. Ahí en tu tierra ha tenido que haber muchas mujeres así. Un abrazo
No tienes idea lo que disfruto estas añoranzas, y estas singulares mujeres de tu infancia!!!!!
Oh, gracias Germán. A ver si las escribo todas y me las quito de encima.