El oscuro borde de la luz II (fotos y microrrelatos)

El Círculo de Praga

Posted in Crítica, Objetos by Juan Yanes on 12 junio, 2010

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El Círculo de Praga

Cuando yo era estudiante, todos mis profesores eran unos estructuralistas del copón. Sobre todo uno que llamaban Polifemo. Ese era el más estructuralista de todos. Era más estructuralista que los propios estructuralistas, que ya eran de por sí algo excesivo. Además de estructuralista, era un cardo. Un tipo atravesado e infecto. «¡Estudie usted la sustancia de la expresión, en lugar de aferrarse a la forma del contenido, mequetrefe!», me decía, cuando yo intentaba hablarle con excesivo entusiasmo de las diferencias entre el fondo y la forma, territorio que acababa de descubrir. Polifemo era el sobrenombre con el que los estudiantes honrábamos a nuestro profesor de crítica literaria, un fulano -como puede verse- sin demasiados bordes, de contornos más bien rudos y contundentes. «¡Estudie usted a Louis Hjelmslev, al Círculo de Copenhague, al Círculo de Praga y a los formalistas rusos, animal!». Eso decía el Polifemo sarnoso, sin ningún tipo de sutileza. A mí me sacaba de quicio y me parecía más un hipogrifo que un polifemo, pero eso no tiene relevancia alguna en este asunto. Lo importante es que nadie sabía, a ciencia cierta, cómo pronunciar el nombre del tal Hjelmslev. Unas veces parecía una persona sola y otras, una multitud: Yiemsliu, decían unos; Jiemsleh, aspirando la hache, decían otros; Gemslef, decían los prosoviéticos; Liemsliu decían los prochinos… Y siempre, círculo de esto, círculo de lo otro. Muchos círculos. Aunque bien mirado, estas cuestiones no tiene excesiva relevancia, lo terrible era que el Polifemo, además de estructuralista dinamarqués, era quequeista. Es decir, incurría sistemáticamente en el quequeo. Sus frases no terminaban nunca, sino que subordinaba y subordinaba, comenzando cada una de ellas con un «que» imposible, insoportable, agotador, inverosímil. ¿Usted sabe lo que es escuchar a una persona que no termina nunca una frase, que no llega nunca a un punto y a parte? Pero el quequeo, a pesar de todo, tampoco era una cuestión de vida o muerte. Lo verdaderamente relevante de esta historia es que el Polifemo era más criptofascista que estructuralista. Pero como era listo, le vio las orejas al lobo y algunos días fungía de críptomarxista. ¿Me sigue? Los días que el Polifemo fungía de criptomarxista, venía a clase sin corbata. Los días que venía a clase sin corbata sólo se hablaba del contexto. Dejaba la glosemática a un lado y se adentraba en un proceloso mar de determinaciones socio-contextuales, político-contextuales y económico-contextuales. La literatura dejaba de ser el pasmo de los dioses o una de esas «estructuras» obsesivas encriptada en otras estructuras y se convertía en una «superestructura», en una forma de «cosificación o reificación», en un trozo de una tuerca de un mecanismo de uno de los «aparatos ideológicos de Estado». Los estudiantes teníamos que fungir entonces de alegres chicos del contexto y debíamos entenderlo todo de manera dialéctica. ¿Entenderlo todo de una manera dialéctica? «Sí, eso he dicho, estúpido. Vivir de forma dialéctica, ver la realidad de forma dialéctica, respirar dialéctica. Todo es un proceso inconcluso, lo dice Adorno que es mucho más marxista que usted y que yo, ¿entiende?», me decía el plasta del Polifemo roñoso.  No se podía hablar más que de Lukács y de otro que se llamaba Galvano della Volpe. Alucinante. Pero todo esto no tiene mayor relevancia. Lo que sí la tiene es que el Polifemo estólido, comenzó a comportarse de manera muy extraña. Pensamos que era consecuencia del rigor de la aplicación del método dialéctico a todos los ámbitos de la vida, pero nos dimos cuenta de que no. Empezamos a observar una especie de obsesión enfermiza por las cuestiones de tipo étnico y por el nacionalismo, digamos, identitario. A partir de entonces, en las clases había que conectarlo todo con la tradición oral y con la invención de la tradición: «¡Estudie usted los aspectos idiosincrásicos del habla y no sea belillo! ¡Descubra las conexiones del sustrato cultural con el Volksgeist y no sea tolete», decía el Polifemo con intolerables concesiones al vulgarismo localista de los belillos y los toletes. Para probar sus tesis ─que en realidad no eran más que cuatro reliquias del viejo difusionismo─, el Polifemo cruzó el Atlántico y se fue a buscar las raíces culturales de sus ancestros, fundadores de Cabaiguán, a la provincia de Santi Espíritus, con un proyecto de investigación I+D+I+D, que le concedió graciosamente la Comunidad Autónoma, muy preocupada también por todas las cuestiones de tipo cultural del terruño. A partir de entonces se convirtió definitivamente al credo etnometodológico del Círculo de Chicago. ¡Lea usted a Garfinkel, a William Thomas y a Florian Znaniecki, mentecato!, decía ya, sin ningún entusiasmo, el decadente Polifemo. De Cabaiguán se vino con una negraza que quitaba el hipo y se olvidó de su mujer y de sus hijos, del marxismo y del neomarxismo, de Hjelmslev y del Círculo de Praga. Pero esa es una cuestión irrelevante a la hora de tratar de dilucidar el asunto que verdaderamente nos ocupa.

Juan Yanes

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Este es un cuento con pedigrí. Una versión anterior del mismo salió publicada en Letras de Chile, gracias a los buenos oficios de Lilian Elphik. También le debió hacer mucha gracia a mi amigo Stefano Valente que lo publicó en su blog Il Sogno del Minotauro

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Una respuesta

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  1. NáN said, on 13 junio, 2010 at 18:47

    Caray. O los Polifemo salían de serie o usted y yo preparamos Preuniversitario en la misma academia de barrio.


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