El oscuro borde de la luz II (fotos y microrrelatos)

Oscar Domínguez se muere de pena

Posted in Sin categoría by Juan Yanes on 7 julio, 2010

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Oscar Domínguez se muere de pena.- Del tío Donato decían que hablaba francés igual o mejor que su amigo Martiniano, pero yo no los oí nunca pronunciar una sola palabra en ese idioma. El tío Donato decía que había estudiado clásicas después de la Guerra Civil, que era lo úni­co que se podía estudiar entonces sin arruinar definitivamente la inteligencia. El tío Donato hacía buenas migas con Martiniano Domínguez. Martiniano era un solterón empedernido y yo recuerdo bajar a su casa porque tenía un loro de color gris con plumas rojas, amarillas y azules en las alas que era la admiración del vecindario. A los loros no se les podía dar nata con perejil, porque se morían en el acto. Eso decía mi tía Rosa, una tía que suspiraba mucho y que también decía que hablaba francés. Martiniano Domínguez era sobrino del gran pintor Óscar Domínguez —“Drago de las Islas”, “Caimán de Montparnasse”, decían seguido siempre que nombraban a Oscar Dominguez— que vivía en París exiliado. Martiniano y el tío Donato se fueron una vez a París a verlo. Mi tío regresó con una magnífica acuarela que le regaló el pintor y que representaba una corrida de toros. Pero el toro estaba desfigurado por una especie de elefantiasis al revés —cuello largísimo y cabeza de alfiler— e imponía su presencia como si fuera el Minotauro. ¡El ruedo de la vida, el arte de la muerte!, decía mi tío Donato que decía una cosa terrible, que Oscar Domínguez no volvería a las Islas hasta que muriera el Dictador. Años después, Oscar Domínguez, se pasaría una cuchilla de afeitar por las venas de las rodillas —como la cuchilla del  perro andaluz, del Buñuel surrealista— sentado en el agua tibia de su bañera parisina, exilado y castigado por la acromegalia, el alcohol y la locura. Nunca regresó. Mi tío Donato decía que Oscar Domínguez murió, en realidad, de pena. Que se dejó ir, consumido por la nostalgia del azul de los montes de sus Islas y por la ausencia roja de la sangre de drago y de su tacto. Lo contó Ernesto Sábato, que era amigo suyo y que según mi tío Donato y Martiniano Domínguez, sí hablaba francés de verdad. Juan Yanes

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