El oscuro borde de la luz II (fotos y microrrelatos)

Diálogo de la pescadilla

Posted in Arquitecturas by Juan Yanes on 16 julio, 2010

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Diálogo de la pescadilla

—¿Están todos bien?
—Sí, estamos bien.
—Y tu niña, ¿está bien?
—Sí, está bien.
—¿Es estudiosa?
—Sí, estudia mucho.
—Es inteligente, ¿verdad?
—Pues no lo sé. Sí, supongo que es inteligente.
—¡Ah!, a mi me hubiera gustado mucho estudiar…
—Tú estudiaste, sabes muchas cosas, tienes una memoria de elefante y si lo que quieres que te diga es que eres inteligente, te diré que eres una mujer muy inteligente.
—Yo no era inteligente, yo era listilla. Sólo sabía cosas sueltas. Por ejemplo, el agua: ‘el agua es un líquido incoloro, inodoro, insípido, transparente y elástico. Compuesto de hidrógeno y oxígeno en cantidades constantes’.
—¡Eso está muy bien! Leías mucho ¿no?
—Bueno, leía, leía. Le leía el periódico a mi padre, que se tumbaba en un sillón y me decía, ‘¡niña, léame las noticias!’.
—Así aprendiste.
—Mi padre era muy dejado. Siempre tenía un moro de abastos que le hacía las cosas de la huerta. Él no disparaba un chícharo.
—¡No digas eso de tu padre, mujer!
—Don Antonio Vandevalle, el alcalde, le dio la administración de La Ciudadela. Cobraba las habitaciones.
—¿La Ciudadela?
—Sí, allí, donde vivían todos los que no tenían perras: una habitación con derecho a retrete, que estaba fuera.
—¿Y el baño?
—No, baño no. La gente se bañaría, pero no sé dónde.
—Vaya.
—¿Tú, dónde vives ahora?
—Donde siempre, en la casa donde vivió Aníbal, el del loro.
—¡Claro, claro! Una vez se le inundó y pensó que Nicolasa, la mujer que le limpiaba, le dejaba los suelos más brillantes del mundo. ¿Te lo he contado alguna vez?
—Sí, ya me lo contaste.
—Ahora cuento las cosas varias veces. Debe ser para que no se me olviden.
—No importa.
—Ese loro te enseñó a ti todas las palabrotas que sabías de pequeño.
—Era un loro inteligente.
—¿Inteligente? Un loro indecente. Eso es lo que era.
—Bueno.
— Aníbal, no tenía buena salud.
—No.
— ¿Se murió?
—Sí.
—¿Yo viví en esa casa?
—Sí, durante muchos años. En el piso que estaba justo encima.
—Ah, pues no me acuerdo.
—Claro que te acuerdas.
—Dime una cosa, ¿están todos bien?
—Sí, estamos bien.
—Y tu niña, ¿está bien?
—Sí, está bien.

Juan Yanes

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