El oscuro borde de la luz II (fotos y microrrelatos)

La tapia (cuento frío de navidad)

Posted in Sin categoría by Juan Yanes on 24 diciembre, 2010

JUAN YANES

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La tapia

(cuento frío de navidad)

Juan Yanes

 

Nunca había visto un muerto, ¿sabes usted? El primer muerto que uno ve, no se le olvida jamás. Estaba yo entonces en el internado y era un día de invierno despiadado, como eran antes los inviernos. Era la Navidad del año 1962, para ser más exacto. Hacía tanto frío que el cielo parecía una piedra de hielo quieta, a punto de romperse. Los chiquillos del internado decían, ‘va a nevar, va a nevar’, hasta que empezó a nevar como yo nunca había visto nevar. Aprendimos a reconocer los avisos de las nubes y a venteábamos el horizonte como hacen los animales y los hombres del campo cuando se sabe que va a pasar algo antes de que ocurra.

Pero, de pronto, todos empezaron a correr hacia la tapia. Corrían sin que les importara el frío, ni la nieve. Aquellos chiquillos medio desarrapados parecían liebres dando saltos desacompasados por encima del manto blanco que cubría los patios y jardines, hasta las rodillas. ¡Qué invierno aquel! Lo peor del invierno eran los sabañones. Te salían en los dedos y en las orejas y te producían un escozor intenso, como si te ardieran los pies y la cabeza y, sobre todo, las manos. Los dedos se ponían rojos y luego se llenaban de bolsitas moradas que iban creciendo poco a poco, hasta que casi no podías moverlos. Las manos no eran manos, eran morcillas, para ser más exacto. Ví que corrían hacia la tapia y gritaban, ‘¡un muerto, un muerto!’, y yo también corrí. Yo nunca había visto un muerto, ¿sabe usted? Ahora me doy cuenta de lo que pesan los muertos de la niñez. Ese muerto lo he tenido yo toda la vida colgando dentro.

Los internos corrían como un enjambre y seguían gritando, ‘¡es el tío Cipriano, es el tío Cipriano!’. Y se subían a la tapia vestidos con aquellos guardapolvos de color gris, envueltos en bufandas grandísimas que les tapaban hasta las orejas. Yo también iba vestido así, como un preso y me ponía dos pares de calcetines en los pies y guantes de lana que dejaban libres las dos primeras falanges de los dedos para poder escribir. Estábamos muy flacos los internos, porque comíamos mal y nos pasábamos el día saltando y brincado y no nos aprovechaba nada. ¿Para qué le voy a contar aquel internado? Yo, realmente, no era una persona, era una especie de palillo, para ser más exacto. Con aquella bufanda parecía, además, un tísico, ¿sabe usted? Pero corría por la nieve a toda velocidad, para subirme a la tapia y ver al tío Cipriano que decían que estaba muerto.

Yo conocía al tío Cipriano porque hacía cáncamos de albañilería en el internado. En el internado siempre estaban haciendo obras menores, decían, o sea, cáncamos. Las obras menores consistían en tirar y levantar tabiques, para volver a tirarlos y levantarlos otra vez, para nada. Era como una necesidad que tenían los curas del internado, igual que pasa en los cuarteles. El internado era un cuartel. De eso me di cuenta después, ¿sabe usted? Ahora sólo recuerdo cómo corríamos sobre la nieve y nos encaramábamos a la tapia. El frío era tan grande que parecía que llevábamos un témpano de hielo debajo de la camiseta de franela. Estábamos viendo aquella escena y temblábamos como tontos porque teníamos miedo y mucho, mucho frío.

El tío Cipriano era uno de esos que llaman, ‘callaos’. Un día fuimos al río a cargar un tractor de arena para hacer mezcla y conducía el tío Cipriano. No dijo ni una sola palabra en todo el viaje porque era de los que no abren la boca, para ser exacto. Nosotros, todo lo contrario, íbamos montados en el remolque armando jarana y riéndonos a carcajada limpia y cantando, porque éramos muy jóvenes y cuando llegamos a un lugar del río, dijo, ‘esta es la arena buena’. Nos bajábamos, cogíamos las palas, te escupías las manos para que agarrasen bien y empezábamos, pin pan, pin pan, y en un periquete cargábamos el remolque.

—Estás canijo tú ¿eh? —me dijo un día el tío Cipriano mientras liaba un cigarro, como si me conociera. Pero fue lo único que me dijo.

Lo mejor de ir a buscar arena al río, era el regreso. Nos tumbábamos boca arriba en el remolque, sobre aquel lecho fresco, y nos íbamos tragándo el cielo de lado a lado. Algunos se sacaban la cuca y meaban hacia arriba, como para llegar al cielo. Veíamos las nubes como gigantescas torundas de algodón rodando unas sobre otras, a su antojo, y éramos felices en aquel paisaje de alcornoques achaparrados. Yo creo que el tío Cipriano me apreciaba porque otro día me preguntó,

—Tú eres de Titurcia, ¿no? —y yo le dije que sí topando con la cabeza.

Por eso me acuerdo del tío Cipriano y, sobre todo, del día que murió ¿sabe usté? También me acuerdo de ese momento, antes de empezar a nevar, porque el aire estaba tan frío que sonaban las nubes como un cuchillo cuando se corta el hielo. El cielo estaba gris, encapotado, como una bóveda de plomo sobre nuestras cabezas. Un profesor nos dijo que nos olvidáramos del tío Cipriano, que cada uno muere como ha vivido. En el pueblo decían que no tenía sentimientos. Y es que el tío Cipriano era muy habilidoso fabricando cepos para las ratas y lo llamaban de otros pueblos. Ponía las trampas por la tarde y las recogía a la mañana siguiente. Luego las juntaba todas y hacía un montón y las rociaba con gasolina y les prendía fuego. Las ratas gritaban hasta que se quedaban carbonizadas. Tengo fijo en la memoria los ojos rojos de las ratas y el chillido cuando las quemaba vivas el tío Cipriano.

.Yo había corrido hasta la tapia sobre el suelo nevado y me había encaramado para ver al tío Cipriano. Entonces lo vi. Estaba allí, tirado, en las vías del tren y mi respiración era tan fuerte que parecía una locomotora echando vaho por la boca, ¿sabe usted? Nunca he podido saber por qué el tío Cipriano se tiró a las vías del tren. Fue el primer muerto de mi vida y había una mancha roja sobre el blanco de la nieve recién caída y un frío que te partía el alma.

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JUAN YANES

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