El oscuro borde de la luz II (fotos y microrrelatos)

Poética, catre de tijera y escritura

Posted in Sin categoría by Juan Yanes on 5 enero, 2011

juan yanes

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Poética, catre de tijera y escritura

 He notado claramente que tengo una opinión acostado y otra parado.
Lichtenberg


Los días que me levanto por la derecha escribo cosas, más o menos fantásticas que se me echan a volar antes de que pueda atraparlas y van por el aire tan campantes a subirse a los tejados de Marc Chagall a tocar el violín y a coger rosas blancas que tan narrativamente pintara el ruso con las raíces en el cielo. También se me van con sus pájaros y sus cabras ingrávidas a bailar, porque la vida es una fiesta. Ese día quiero un montón a mis papás: a don Jorge Luís, a don Julio, a don Alejo, a don Gabo y quiero, quiero mucho, a don Pedro Páramo que escribió ese libro único que se llama Juan Rulfo.

Si por el contrario me levanto por la izquierda, me asomo a la ventana y veo a la gente andando en todas las direcciones, cosa que ocurre frecuentemente en las ciudades, elijo a una al azar y la sigo y me imagino su vida. También me pongo a juntarlas a todas y a separarlas, formando masas que corren en distintas direcciones hasta que encuentran un hueco en las multitudes que se concentran o dispersan en las telas de Juan Genovés, como las limaduras de hierro movidas por un imán. Mejor, cojo un trozo de esa secuencia e intento contarlo. Ese día quiero un montón a mis bisabuelos rusos y a don Benito Pérez porque ellos eran capaces de contar secuencias desmesuradas y quiero mucho a don Antón que era minimalista auténtico, pero que contaba la vida.

Si me levanto por los pies del catre de tijera en el que duermo… ¡bueno, bueno, bueno, el día que me levanto por los pies! Ese día pinto las palabras como Tapies y me dedico a jugar como Queneau y tengo un subidón de racionalismo abstracto que mezclo, irresponsablemente, con generosos ramalazos de expresionismo y me siento inteligente y heterodoxo y discípulo de Gropius y, simultáneamente, heredero del barroco más recargado del mundo, un enfant terrible. Ese día quiero mucho a mi hermano Perec y me leo por enésima vez las Seis propuestas para el próximo milenio de Calvino y me vuelvo un varón rampante y demediado que odia todo tipo de psicologismo.

Pero si me quedo acostado y miro para el techo, sólo veo en las manchas de humedad que le dan vida, extraordinarias masas musculares de obreros que no descansan ni un minuto. Todo se llena de abnegados currantes y de proletas exagerados del realismo socialista de ambos sexos. Veo a don José Vassariónovic impartiendo instrucciones sobre el proletcult y otros asesinatos. Ese día quiero salvar el mundo, pero como ya no hay proletas en sentido estricto, escribo o pienso sobre las distintas especies de lumpen que viven en los albañales de este planeta cruel y me consuelo. Ese día quiero un montón al fauno artrítico de don Pío y al cabezón de Hemingway (que no escribía de proletas, pero sí de tipos duros y perdedores), y quiero otro montón a mi tío Ignacio Aldecoa y a Maqroll el Gaviero y me gustan particularmente los personajes marginales del mejor Bolaño.

Lo peor, es el día que se hunde el colchón y me voy al suelo y me doy cuenta de la chapuza tan grande en la que estoy metido, porque yo soy también una chapuza y vivo rodeado de basura, como un personaje de los cuadros de Max Beckmann o un trozo de pellejo de Lucien Freud. Entonces salgo corriendo a la estantería para coger algo del Bukowski y quedarme tranquilo, o del finísimo Raymond Carver y hasta, si me apuran, de Pedro Juan Gutiérrez o de Fadanelli. Entonces quisiera ser un escritor destruido como ellos y escribir sólo sobre la destrucción. Lo peor es que me gusta esa gente y los otros y los de más allá. He llegado a pensar que el espacio y el aire que lo recorre, está dividido en tendencias y escuelas y modas literarias y que los cuatro puntos cardinales de mi camastro guardan una relación maligna con ese mundo.

Pero lo normal es que me levante por los cuatro costados a la vez, como el pobre Raymond Carver. Al pobre Raymond Carver lo tienen superencasillado en eso del realismo sucio, pero eso no es más que una etiqueta que le ponen los liliputienses del etiquetado porque no lo conocen bien. El pobre Raymond Carver —es un ejemplo oxigenador—, sentía una auténtica pasión por don Antonio Machado y lo leía constantemente y tenía una foto de él al lado de su cama y cuando en medio de la noche se despertaba sobresaltado, decía: ‘No pasa nada, Machado está aquí’. Por eso yo me sigo levantando por los cuatro costados de la cama y vivo en un desorden iconoclasta que me apasiona, y en medio de una mezcla espantosamente maravillosa de todo, y no tengo que pedirle permiso a nadie de nada, y me río como un tonto entre todos los tontos.

Juan Yanes

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2 comentarios

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  1. Elisa said, on 5 enero, 2011 at 9:20

    Maravilloso.

    • Juan Yanes said, on 6 enero, 2011 at 0:33

      ¿Pativanesca, pativanesca? Claro, Elisa la de la isla redonda. Gracias por ese comentario super expresivo. Un saludo. JUAN


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