El oscuro borde de la luz II (fotos y microrrelatos)

Dios, el panóptico

Posted in Sin categoría by Juan Yanes on 17 julio, 2012

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Dios, el panóptico

Cuando yo tenía siete años, mi padre me puso en una escuela de curas. Allí estuve hasta que cumplí quince. Los curas se pasaban todo el día hablando de Dios. Se lo sabían todo de Dios. Ahora de mayor, me doy cuenta de que hablaban de Dios y de lo sagrado con una familiaridad casi obscena, pero entonces no era consciente de ese detalle crucial. A mí, en general, me importaba todo un pimiento y lo que decían me entraba por un oído y me salía por el otro, menos cuando explicaban aquello de que Dios era ubicuo y omnisciente. Entonces sí afilaba yo el oído. Esas dos palabras querían decir, más o menos, que Dios podía estar en todas partes a la vez y veías todo lo que hacías, aunque estuviéras escondido a cien kilómetros bajo la tierra. Eso quería decir que Dios sabía todo lo que pasaba por tu cabeza y leía tus pensamientos y tus más íntimos deseos. Había alguien, por tanto, que te estaba viendo siempre, de día y de noche. «¿Y cuándo duerme?», preguntaba yo. «Dios no duerme», me decían los curas. «Dios es Dios, tiene un poder infinito». Para inculcarte esa idea de la omnisciencia y la ubicuidad, cada media hora, sonaba una campana en la escuela y un niño se levantaba de su pupitre y decía: «¡Acordémonos de que estamos en la Santa Presencia de Dios!». Y todos respondíamos, abandonando cualquier actividad que tuvieras entre manos, inclinando el rostro y cerrando los ojos: «¡Adorémosle!». El niño encargado de recordar «la Santa Presencia de Dios», continuaba con una breve fórmula fruto, sin duda, de una aportación del genio hispano a los métodos de lavado de cerebro de aquellos curas  afrancesados: «¡Bendito sea el día y la hora —decía— en que Nuestra Señora del Pilar vino en carne mortal a Zaragoza!». Y ahí terminaba el asunto, con aquel Dios que te clavaba su ojo en lo más recóndito de ti mismo. Y a la media hora te lo volvían a recordar y a la media hora siguiente, y a la siguiente, un día y otro día, un mes y otro mes, un año y otro año. Yo me imaginaba a Dios como un ojo.  Un ojo grandísimo, escrutador. Un gran ojo que estaba sobre mi cabeza  siempre, siempre. Yo me repetía: Nunca estás sólo, siempre te está mirando Ese, el del ojo, tú no lo ves, pero Él sí te persigue con la mirada. Era como si viviera en una cárcel, pero no en una cárcel barroca e imaginaria como las cárceles de Giovanni Piranesi, no. Era como si viviese en un panóptico, dentro de una cárcel perfectamente racional y destructiva. Vivía en el panóptico de Jeremy Bentham, aquella siniestra construcción transparente en la que el vigilante que está en el centro ve la celda de todos y cada uno de los presos, robándoles su intimidad y su libertad.

Juan Yanes

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