El oscuro borde de la luz II (fotos y microrrelatos)

Diálogo de los espejos

Posted in Sin categoría by Juan Yanes on 18 abril, 2010

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Diálogo de los espejos.- Dos espejos perplejos se miraban fijamente el uno al otro. No veo nada, dijo uno de los espejos perplejos. Yo tampoco veo nada, sólo te veo a ti y me veo a mí, pero nada más. Debe ocurrir algo raro, repuso el más perplejo de los dos espejos. Es que nosotros, dijo el otro, no estamos hechos para mirarnos, sino para que la realidad se mire en nosotros. Entonces, nosotros ¿no somos la realidad? No, no nosotros somos sólo reflejos de la realidad, azogue, humaredas perdidas, neblinas estampadas, material poético. Y cuando la realidad se mira en nosotros ¿tampoco es la realidad? Tampoco. ¿Existe la realidad o es sólo un reflejo? Nosotros somos la conciencia de la realidad, si no existiéramos, la realidad no tendría conciencia de su propia existencia. Entonces el más perplejo de los espejos concluyó: Eso quiere decir que nuestra vida tiene sentido, ¿no? Sí. ¡Qué alegría me das!, empezaba a tener dudas sobre mi propia identidad. Es complejo, ser espejo. Juan Yanes

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El diapasón del maestro Borguñó

Posted in Sin categoría by Juan Yanes on 18 abril, 2010

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El diapasón del maestro Borguñó.- El maestro Borguñó hacía sonar su diapasón golpeando sobre la arista blanca de mármol de la ventana que estaba junto al piano. ¡Plimmmm! Nuestras almas de escolares minúsculos, se quedaban suspendidas de la vibración misteriosa de aquel instrumento que emitía un sonido limpio, apenas perceptible, que él llamaba “la”, y empezaban a temblar. La nota “la” era famosa entre los escolares, porque era la piedra angular del universo de la música y del canto. Recuerdo que entonces era yo un ser volátil y disperso, pero cuando entraba en la sala de música, sabía que mi vida dependía de la nota “la”, que salía de aquel pequeño y terrible instrumento de metal niquelado. El diapasón del maestro Borguñó era una especie de tenedor de plata con sólo dos dientes largos, largos, que sacaba del bolsillo superior de su chaqueta gris al comienzo de la clase, como si fuera un prestidigitador. Silencio absoluto. Aquel sonido debía atravesar el tímpano y llegar limpio a un punto de la bóveda cerebral. Plimmmm, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la. Otra vez. Plimmmmm, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la, la. Luego, había que mantener el “la”, como un milagro, respirando sin respirar, a punto de entrar en un trance hipnótico. Un “la” eterno, en falsete. Dos octavas, tres octavas, mil octavas por encima de la escala diatónica, cromática, temperada. Un melisma oriental. Teníamos siete u ocho años y nuestra voz era tan cristalina que parecía un purísimo rayo de luz gutural… A mí, las clases del maestro Borguñó, me daban miedo, porque era como andar descalzo por el filo de un precipicio. Temía que, en algún momento, ese soplo primigenio impostado sobre el ápice de una aguja de aire, que era mi voz, se desvaneciera o se desviara levemente de la nota “la” y me precipitara en el abismo.  A los lugares más profundos del abismo iban a parar los niños que desafinaban, el maestro Borguñó los estigmatizaba por lo siglos de los siglos con la etiqueta que llevarían clavada en la frente el resto de sus días: “no tiene oído”. Juan Yanes

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